Vida Consagrada: camino y misión

ImagenEl camino de la Vida Consagrada en estos casi cincuenta años.

P. José Rovira Arumi, cmf.

Después del concilio, tuvo lugar ante todo una crisis de la institución o des-institucionalización. Un cierto rechazo del pasado y las ganas de una realidad nueva en la Iglesia y en la Vida Consagrada, como estaba sucediendo en aquellos años bajo otros aspectos a nivel político y social. Un verdadero acontecimiento cultural, de alguna manera revolucionario. Había que remover personas, mentalides y estructuras viejas y a veces muy veneradas. El “Perfectae Caritatis” (nn. 2-6) había usado tres verbos: suprimir, adaptar, introducir (crear, arriesgar); y todos tenían que participar en esta puesta al día (“aggiornamento”). No estábamos acostumbrados. Se necesitaba paciencia, humildad, apertura.

Estábamos a finales de los años ’60, y duró más o menos hasta el 1973. Fue ésta la época del Primer Capítulo General del posconcilio en la mayor parte de los Institutos. Se advertía una ola liberadora que llevaba al redescubrimiento del religioso individuo. Del naufragio de las viejas estructuras salía a flote la persona. Entre nosotros jóvenes había un entusiasmo increíble; entre los adultos y ancianos, que habían oído decir en los años de su formación que todo estaba claro y definitivo, incluso ciertos detalles claramente pasajeros –desde el punto de vista histórico-, fruto de otros tiempos, hubo frecuentemente sorpresa, entusiasmo y desconcierto, según los casos. El Magisterio acompañaba con documentos como: “Ecclesiae Sanctae” (1966), “Renovationis Causam” (1969), y poco más tarde con el gran “testamento” de Pablo VI sobre la Vida Consagrada, la “Evangelica Testificatio” (1971).

Pronto nos dimos cuenta de que el problema no era simplemente de estructuras externas, y ni siquiera de celibato (no obstante que en aquel momento muchos abandonaban dando este motivo como razón). Era una crisis cultural que llevaba a una crisis de identidad, es decir: ¿qué significaba ser religioso en el momento actual? ¿Valía la pena? ¿Cuál era la identidad propia del Instituto? El efecto fue extraordinario: se desencadenó el estudio del propio carisma (lenguaje recientemente redescubierto), de las fuentes y de la historia del Instituto, . Se hicieron esfuerzos de investigación y clarificación histórica, bíblica, teológica y espiritual, como no se habían hecho nunca, y que exigieron años de estudio y discusiones, enfrentamientos y experimentos; pero que condujeron ciertamente a descubrimientos y enriquecimientos indudables.

En este momento, se dió una revalorización de la vida fraterna comunitaria. Sin ciertas estructuras, el religioso frecuentemente se sentía débil, y esto lo empujaba hacia los hermanos o hermanas de carisma. El concilio, por su parte, había ya insistido en la Iglesia como comunión. A esta reacción confluían, por lo tanto, tanto motivos teológicos como humanos. Ahora, sin embargo, se trataba de una comunidad menos estructurada, más flexible, más comunión carismática y vivencia humana. Adquiría fuerza la oración comunitaria, enriquecida ahora con un mayor y mejor uso de la Palabra de Dios, la Liturgia de las Horas, las celebraciones litúrgicas en lengua vernácula, la Eucaristía como centro de todo, la participación en los sentimientos y afectos humanos y las experiencias espirituales. Pagaba las consecuncias el silencio, tan “sagrado” en otros tiempos; pero, salía ganando la relación interpersonal, sencilla,  humana, cordial, menos formalista, desaparecían las antiguas “castas” dentro de una misma comunidad…[1]

Pero, esta “nueva” comunidad se daba cuenta de que no estaba sola, sino que era parte de una comunión más amplia que había que reforzar: la Iglesia universal, encarnada en la Iglesia local. Muchos religiosos poco a poco descubrían a los demás cristianos de la parroquia, de la diócesis, a las demás personas del vecindario, del edificio. Un aire nuevo, más eclesial y abierto a la realidad social, menos de gheto, entraba en la comunidad. Todo esto antes hubiera sido considerado como relajamiento espiritual; ahora, en cambio, como inserción apostólica. En este contexto, se entendía de una manera en parte nueva el propio carisma y el compromiso apostólico, es decir, como carisma entre carismas en la Iglesia única y multiforme. Una consecuencia lógica fue que, casi sin darnos cuenta, estábamos cambiando formas de vida, costumbres, lugares donde vivir, cómo entender la propia casa, la clausura, la vivencia de ciertos aspectos de los votos, la misma vida comunitaria, incluso el modo de vestir: efectivamente, casi todos los Institutos simplificaban y ponían al día los hábitos, algunos incluso los suprimían o dejaban facultativos. Se superaba poco a poco también la separación entre Instituto e Instituto; nos encontrábamos, participábamos juntos en muchas cosas, incluso a nivel de formandos.

Este estar en medio de la gente y de los demás cristianos tenía una razón precisa: la misión. Los carismas, en efecto, son un don que el Espíritu da a los demás en nosotros, algo en nosotros para los demás (cf. 1Cor 12,7; 14,12; Ef 4,12). Somos Iglesia en la Iglesia para el mundo, en favor del Reino. Somos para los demás, estamos en misión. Como consecuencia, se ponía, con renovada insistencia, el problema de cómo ser una presencia clara, creíble, encarnada. El documento más adelantado en este sentido, por parte del Magistero, fue “Religiosos y Promoción Humana” (1980). Estábamos entre el 1974 y el 1980.

Ahora bien, la misión se estaba demostrando difícil en la nueva sociedad, inmersa, por lo que parecía, en un proceso de rápida y radical secularización. Muchos religiosos experimentaban que no estaban espiritual, cultural y a veces incluso humanamente preparados  o que incluso eran rechazados, mirados con indiferencia, cuando no con altivez. En consecuencia, volvía el interés por la persona, en favor de una mejor formación inicial y –una novedad tomada de la sociedad circunstnate- permanente; el famoso “reciclaje”. Formación permanente que el nuevo “Código de Derecho Canónico” (1983) vería como un derecho de los religiosos (canon 661); más adelante, saldrá todo un documento que se estaba preparando desde hacía años, pero no acaba nunca de publicarse: “Potissimum Institutioni” (1990), completado más delante por “La Colaboración entre Institutos para la Formación” (1998). Años después insistirá sobre lo mismo la Exhortación “Vita Consecrata” (1996) en los nn. 63-71, y en particular el “Caminar desde Cristo” (2002) nn. 15-18 y 46, afirmará que toda la vida del religioso está en proceso de formación. Se comenzaba a hablar de “año sabático”, cursos de formación para las diversas edades, etc.

Llegados a este tema más “extroverso”, la misión, he ahí que hacia finales de los años ’70 y durante los ’80, hubo una vuelta a la institución, la nueva institucionalización, ahora ya renovada. Poco a poco iba acabando el tiempo de muchas experimentaciones y se aprobaban los nuevos textos constitucionales. A nivel de Iglesia Juan Pablo II promulgaba el nuevo “Código de Derecho Canónico” (1983) y, en el ámbito de la Vida Consagrada, el documento “Elementos Esenciales” (1983). A decir verdad, se detectaba un cierto cansancio  después de tantos años de emergencia en las experiencias y en los textos. Se quería lograr estabilidad y certezas, una posesión serena después de tantos cambios. El peligro podía ser el de entrar en una fase de involución o restauración, de vuelta al “orden” sin más, al achatamiento…, y no faltaban señales en este sentido, tanto a nivel de Iglesia como de Vida Consagrada.

De todas maneras, este interés (a decir verdad, nunca se había apagado) por la persona del consagrado y esta calma externa hicieron que a lo largo de los años ’80 se despertara con fuerza la preocupación por la espiritualidad. Después de todo, en la base de la vida del religioso está en primer lugar la fe, el primado de Dios sobre todo. Ya en los últimos años ’70 había renacido el interés por el tema de la consagración y de la oración personal, el interés por las experiencias de “desierto”, silencio… El Magisterio había publicado “La Dimensión Contemplativa de la Vida Religiosa” (1980) y “Redemptionis Donum” (1984), para controbalancear la excesiva extroversión, que podía llevar a un vaciamiento espiritual. De nuevo, sobre el tema dela espiritualidad, insistirá años después el “Caminar desde Cristo” (2002), en los nn. 20-27.

Hacia finales de los años ’80 y comienzo de los ’90 se notaba una cierta sensación de cansancio; todo parecía ya discutido y aclarado, los temas se repetían sin gran énfasis. Juan Pablo II, en su viaje a Haití (1983) había presentado un tema nuevo, tanto para América como para Europa, si bien con acentuaciones diversas: la nueva evangelización. Sin embargo, no suscitó gran entusiasmo en aquel momento; basta constatar la pobreza bibliográfica sobre el tema en aquellos años. Un tema, el de la “Nueva Evangelización”, sobre el que volverá años después y con nuevos matices el Papa Benedicto XVI, con motivo del Sínodo de los Obispos del 2012 y del anuncio del “Año de la Fe” (Octubre 2012-Octubre 2013).

En esta situación tuvo lugar el Sínodo de la Vida Consagrada; un acontecimiento que llamó la atención de los religiosos desde finales de 1991, cuando lo anunció Juan Pablo II, hasta la primavera de 1996, en que se publicó la Exhortación “Vita Consecrata”. Renació el interés, las reuniones, publicaciones, discusiones…, como no sucedía ya desde hacía años. Un gran acontecimiento cuyo momento culminante fue el período de la celebración de la IX Asamblea Sínodo de los Obispos, del 2 al 29 de Octubre 1994. La Exhortación que le siguió dos años después, ha sido sin duda el documento más importante del Magistero sobre la Vida Consagrada, desde el Vaticano II hasta hoy; un texto incluso mucho más rico y completo que lo que dijo el concilio, aunque supone cuanto entonces y en aquellos años sucesivos se dijo. Un documento, sin embargo, cuyo influjo concreto en la Vida Consagrada de estos años ha dependido y depende todavía hoy de lo que cada religioso y especialmente los formadores lo hayan leído y asimilado; y sobre este punto es necesario que cada uno se examine, de lo contrario corremos el riesgo de tener óptimos documentos (como sucede a veces con los nuevos textos constitucionales), pero puntualmente ignorados por muchos de los interesados. A la Exhortación hay que añadir otro magnífico documento, “La Vida Fraterna en Comunidad” (1994). Después de la Exhortación, el Magisterio ha acompañado todavía la vida de los religiosos con otras publicaciones importantes: “La Colaboración entre los Institutos para la Formación” (1998), el “Verbi Sponsa” (1999) –la única respuesta dada hasta ahora a los problemas que la Exhortación prometía profundizar y dar soluciones (cf. nn. 57-62)-, el “Caminar desde Cristo” (2002) y, finalmente, el “Faciem Tuam” (2008) sobre el tema de la autoridad y la obediencia en la Vida Consagrada.


(Extracto de la charla dirigida a los PP. Mercedarios, en el Curso de Formación permanente, Roma 2012).

[1] Cf. Perfectae Caritatis. 15. Cuántas veces, y probablemente con tanta buena voluntad, nuestras comunidades preconciliares parecían ahora, más que fraternidades evangélicas, un ejemplo residuo de clasismo decimonónico.

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