María, madre del sacerdote

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MARIA, MADRE SACERDOTAL

¡María, Madre de los sacerdotes; en la vida y en la muerte ampáranos Madre Nuestra!.

P. Fr. Juan Carlos Saavedra Lucho, O. de M.

Comprender en este Año de la Fe, el hecho y el significado, así como el camino espiritual de la Virgen Madre, como Madre de los sacerdotes; es, sin lugar a dudas, compenetrarse con la Sagrada Escritura, puesto que, María es un dato de la Revelación, de la fe y de la vida de la Iglesia, sustentada en la tradición y religiosidad popular de nuestros pueblos (cf. RM 25). Así pues, esta reflexión relacionada con el rol materno-espiritual de la Madre de Dios nos permite entender el principio mariano en la Iglesia. Efectivamente, María es prototipo de la Iglesia y modelo suyo desde el comienzo de su misión; acorde con el acontecimiento de la encarnación respecto a su Hijo, y a toda la obra de la salvación. Sabemos que María con su afirmación se convierte en lugar de encuentro entre Dios y el hombre; de esta manera, la Virgen como Madre de los sacerdotes nos muestra con su “fiat” que el sí no es sólo una “respuesta individual”, sino “colectiva”, por parte de todo el género humano en relación con Dios.

Si revisamos varios apuntes, manuales y comentarios de índole mariológico-mariana podemos observar que la mayoría de autores coinciden que el pasaje de la hora límite de Jesús en la cruz significa comprender a “María como Madre espiritual y Madre del sacerdote”, y al “discípulo amado”, como aquél “elegido”, “llamado”, “convocado” o “consagrado” por Dios para recibir y continuar recibiendo a la Madre en su “casa”. Así pues, el texto y contexto bíblico del evangelista san Juan (19,25-27) nos permite visualizar el don de Dios en la persona de la Virgen María, cuya consolidación de su fe se particulariza en la fidelidad al Hijo de Dios y su perseverancia en el camino de la fe y de las virtudes teologales a la cual hemos sido llamados todos los hijos de Dios.

La escena bíblica de la madre junto a la cruz y las palabras que Jesús moribundo dirigió a ella y al discípulo amado contienen un denso valor simbólico. Se puede deducir sobre todo el recuerdo de las Bodas de Caná (Jn 2,1 ss.). La llamada “mujer” y la evocación de la “hora” prefigurado en el primero de los signos joánicos llega a su cumplimiento. Esta profundidad relativo-simbólica se pone de manifiesto en el v. 28, cuando Jesús exclamó “tengo sed”. Entonces el diálogo entre el Hijo y la Madre, así como lo relacionado con el discípulo reflejan el “cumplimiento de todo”, es decir, de la obra confiada por el Padre a su Hijo Jesús (Jn 4,34; 5, 36; 17,4).

En este sentido el “todo” y la “plenitud” se entiende que está refigurado en la persona de la “llena de gracia”, es decir de la Madre y por expansión en la vida del discípulo amado. Podemos tener en cuenta en este esquema narrativo una sucesión típica: “ver-decir-indicar”, cuando por ejemplo, se dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; “hijo, ahí tienes a tu madre” (vv. 26-27); esto nos permite captar la profundidad del misterio en las personas indicadas, es decir el “misterio”, “ministro” y “ministerio” de aquél que ha sido invitado para repensar en su vocación y misión. Todo ello, indica la relación y pertenencia recíproca entre la “Iglesia-madre” y los “hijos de la Iglesia”, quienes acogen el misterio del Hijo y la presencia de la Madre en su casa. Con nuestra experiencia de fe entendemos que Dios es el dueño de nuestra casa, el es Padre, el que guía y protege nuestro hogar; miremos a Jesús, cómo entra a la casa de sus amigos y aún más come en casa con algunos publicanos; a Zaqueo por ejemplo, le dice que él quiere comer hoy en su casa (es decir, él desea en estos instantes estar y permanecer con él, fundado en el amor de Dios). Sin dudar decimos que Jesús es nuestra casa, nuestro centro, y allí tendemos todos a entrar y estar. Así pues, tanto la Madre como el discípulo amado acogen en su casa a Jesús, con sus palabras, su vida y su obra redentora, la cual, la hacen “suya”, superando la pura acogida material. Para san Juan la “casa” es el mundo vital, el ambiente existencial, es el mismo Israel en relación con el Verbo, y la misión de los discípulos en sintonía con Jesús.

Desde esta perspectiva, todos los sacerdotes y el pueblo sacerdotal tenemos una gran misión en la Iglesia. Ser íconos de Cristo, único, eterno y sumo sacerdote; así como nuestros antiguos padres en el desierto, cuando caminaban hacia la “tierra prometida”, buscaban el “espacio vital” para adorar al Señor, surgió el deseo de hacer una morada para Dios. Desde entonces, la tienda del encuentro se convirtió luego en casa de Dios, así el Templo llegó a ser importante porque definía el lugar de la presencia divina, signo de la esperanza y misericordia de Dios, donde se encontraban los sacerdotes y el Sumo Sacerdote como moradores de Dios, allí estaban los descendientes de Aarón y los de la tribu de Leví. Hasta que llegamos a María, la mujer desposada con José, en cuya “tienda virgen” se llenó del Espíritu santo para ser casa y morada de Dios. María, Madre de Dios es hoy nuestro espacio de gestación, crecimiento y fortalecimiento de la vida como lugar espiritual donde se entiende nuestra fidelidad y perseverancia hacia el camino sacerdotal siguiendo las huellas de Jesús.

 

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2 respuestas a María, madre del sacerdote

  1. José V. dijo:

    Muy interesante. El artículo nos acerca a Nuestra Madre, por ser íconos de cristo por el bautismo. Un abrazo.

    • jsavelu dijo:

      ciertamente, María la Virgen nos ayuda a verificar nuestra experiencia personal, grupal y universal; pero sobretodo nuestra experiencia de fe teologal, en ese sentido su maternidad es signo de consagración total para Dios.

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