Claves de vida consagrada

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LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS Y

LA ORACIÓN DEL PADRE NUESTRO

(Hacia una relectura de los votos para la vida consagrada)


P. Fr. Juan Carlos Saavedra Lucho, O. de M.

La Vida Consagrada como estado de vida y perfección en la vida cristiana permite discernir la fuerza del Espíritu santo en la vida de los fieles que por amor se ofrecen libre y gratuitamente en todas sus facultades para configurarse con Dios y la Iglesia.

Por tal motivo podemos entender la práctica de los Consejos evangélicos como la entrada a la casa del Padre, para vivir en la paternidad de Dios (obediencia), en la gratuidad amorosa que nos hace hijos de Dios (castidad), y a la vez, nos permite vivir como Él, sin tener lugar donde reclinar la cabeza (pobreza). Claro está, que para entrar y vivir en la casa de Dios tenemos que hacer un camino constante de conversión, de perseverancia, fidelidad y progresión en el amor hacia Dios y a nuestro prójimo. Así pues, entenderemos que entrar en la casa del Padre es gratis pero el alquiler es caro. Y Dios no pide pasaporte ni visas, ni siquiera el DNI, porque nos reconoce que somos sus hijos creados a imagen y semejanza de Él y así lo entendían los Padres de la Iglesia que somos hijos en el Hijo.

Por eso estamos invitados a trascender, a crear espacios vitales de fidelidad, de encontrar estrategias de crecimiento en la Vida religiosa, de permanecer en el amor con un corazón limpio que nos permite ubicarnos como signos entre los hermanos y el Pueblo de Dios. Y decíamos que entrar en la casa del Padre a veces parece ser caro, no digamos caro en sentido económico, sino caro en vista que tenemos retos y desafíos a seguir. Es decir que para entrar en la paternidad de Dios tenemos que haber experimentado un camino de obediencia, de expectativa, de encuentro, de diálogo prolongado con el Señor sea en el sagrario como a solas en nuestro cuarto o espacio vital donde nos encontramos, es decir un encuentro en su gran misterio, despojándonos de tantas cosas y ser libres para Dios. De esa manera entendemos al hijo pródigo que dice, ¡sí me levantaré y retornaré a la casa de mi Padre¡ (notemos que dice regresaré hacia “la casa de mi padre”, porque ha entendido su pertenencia a dicha casa, en nuestro caso pertenecemos a nuestra casa religiosa, mercedaria, a quien le debemos tanto por acogernos, guiarnos, aconsejarnos, alimentarnos y muchas cosas más); entonces, esforcémonos en no pedir rebajas a Dios que nos hace tanto daño y nos causa fatiga para entender el querer de Dios en nuestras vidas. Siendo obedientes llegaremos a realizar la voluntad de Dios a ejemplo de Jesús, el Maestro que se configuró con su Padre y realizó la voluntad del Padre: Padre que no se haga mi voluntad, sino la tuya; Padre que seamos uno, como tú en mí y yo en ti.

Esta unidad del Hijo con el Padre tiene que ayudarnos a entender nuestro camino de consagración vocacional, porque siendo obedientes al Padre podemos entender nuestra donación de amor para el servicio de la caridad en beneficio de los demás. Pero recuerden cuando estén en la casa del Padre no están como invitados, esperando que les ofrezcan todo, sino que estarán en la sala de visitas o en otro recinto con responsabilidades que deben asumir, realizar y progresar para hacer un camino no a solas, sino con Dios, y por ende con la Santísima Trinidad en su infinito amor. Entendido así, vemos que nuestra consagración en la Vida consagrada es el compromiso por el Reino de Dios que tiene el centro en el Padre, ése es nuestro proyecto, el foco principal, cuya forma filial, nos permite vivir con valentía la capacidad de entender mejor que somos vocacionados, seducidos, cautivados y consagrados para Dios.

De esta manera, podemos traducir los votos en el contexto del Padre Nuestro, la oración por excelencia que nos enseñó Jesús.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Obediencia). El Fiat, el hágase, el sí definitivo, la afirmación en Dios, es decidirse por la paternidad de Dios para optar por el Reino. De esa manera, la oración nos impulsa a educarnos en el voto de obediencia, para hacer la voluntad del Padre. ¿Y cuál es la voluntad del Padre?… si preguntamos y hacemos una encuesta nos responderán lo siguiente: que nuestros hijos sean felices. Todo esto tiene un indicador vivir para ser felices, por eso la Vida Religiosa es un estilo de vida que vive para la felicidad, por eso es bella, porque te invita a configurarte con Dios, que se muestra siempre como Padre a tiempo completo.

Danos el pan de cada día (Pobreza). El pan que se comparte nos enuncia la pobreza solidaria para la gloria de Dios, de darnos con todo por seguirlo a Él. Esta donación hace posible entender la pobreza en línea de austeridad, pero solidaria al entender que pedimos a Dios el pan para compartirlo con los hermanos, allí se sustenta no el asistencialismo religioso, sino ser capaz de donarse y sacrificarse por amor a los demás, en especial para los pobres. Así pues, la pobreza debe trascender nuestro pensamiento desde lo material hacia lo espiritual, del pan del alma que nos conlleva a entender la pobreza mesiánica en Jesús. Un Cristo pobre, que nace pobre, en la periferia, marginado, pero con una gran capacidad de amor por los demás, lo cual lo hace libre y solidario con los necesitados.

No nos dejes caer en la tentación (Castidad). Esta es una petición por excelencia que asimila la merced, la misericordia de Dios, la fortaleza en Dios, para percibir nuestra condición de hijos. En forma solidaria inclusive pedimos no caer en tentación porque de lo contrario, seríamos débiles e incapaces de seguir al Señor. La Vida religiosa nos invita a despojarnos de muchas cosas, deseos, pasiones incontroladas, superficialidades de la vida, etc…, es por ello que tenemos la capacidad de reflexionar en nuestra consagración para Dios al servicio de los demás, por ello el respeto por las personas, sin jugar con los sentimientos, de expresar nuestra capacidad de ser signo frente a los demás. La castidad consagrada nos permite visualizar en este momento orante que nos preparamos siempre para vivir en fidelidad creativa, con un corazón puro, limpio, transparente, a ejemplo de hombre justo del evangelio, José , el esposo de María, la virgen y de otros hermanos nuestros que siguen aún hoy al Señor. Ánimo, fortalece tu vida y asimila lo que escribes y firmas cada año en el Libro de profesiones, hasta la próxima.

Esta entrada fue publicada en 800 años, 800 Años de Merced, Arte mercedario, Encuentro Formación 2012, familia mercedaria, Formación, Frailes, Laicos mercedarios, Merced, Orden de la Merced, Ordenes religiosas, Reflexiones, Religiosas Mercedarias, Vida religiosa, VIII Centenario. Guarda el enlace permanente.

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