La Vida religiosa hoy

ENCUENTRO CON LA ECOLOGÍA

Dinámica vital, entre el cemento y la tierra

           P. Fr. Juan Carlos Saavedra Lucho, O. de M.

            Después de haber escuchado la llamada de Dios, muchos de nosotros hemos experimentado en la vida diaria, que hemos dejado nuestra familia, tierra, pueblo o ciudad natal; motivo por el cual, ahora vivimos entre espacios edificados de concreto armado, fierro y cemento fuerte. Desde ya, son bellas y espaciosas comunidades religiosas, centros parroquiales y casas de formación donde partícipamos del frío y del calor comunitario, casas que están llenas de anécdotas y recuerdos históricos, seguramente, hay cuadros, pinturas, lienzos, acuarelas, esculturas bárrocas y neoclásicas, arte moderno, imaginería de antaño y huellas de merced, que integran parte de nuestra existencia. Como en todo lugar, siempre hay novedades, construcciones nuevas y remodeladas, pero siempre hay una tendencia, a conservar el recuerdo, del pasado que ya fue, los cuales son recreados con fotos y objetos que hacen posible las muestras periódicas y los museos de nuestro quehacer pastoral.

Junto a todo lo mencionado, que está muy bien “conservar” y “custodiar”, porque antes se pensaba que todo lo viejo era motivo para botarlo; ahora, nos damos cuenta que a veces, tenemos que dejar el cemento para pisar la tierra, es decir, volver a lo que fue parte nuestra, cuando eramos bebés, niños e infantes, incluso adolescentes. Hoy, necesariamente, estamos llamados a sacarnos los zapatos y pisar el suelo. En verdad, necesitamos experimentar nuevamente la frialdad de la tierra, a pesar del calor infernal que pueda registrarse en las zonas más calurosas, sin embargo, caminar a pie descalzo, es encontrarnos en la experiencia de Moisés, en una dinámica diferente de la vida. “Pisar suelo, pisar tierra”, puede tener varios significados, lo que yo quiero manifestarles, es que necesitamos valorar nuestra vida, lo que somos y queremos ser siempre, en camino de fidelidad.

“Pisar tierra” y “caminar a pie descalzo” es beber de nuestro propio pozo, de nuestras fuentes (de eso nos hablaba el Vaticano II), es decir, es recordar nuestras raíces; cuantas veces, ya no queremos hablar nuestro idioma nativo, nos da vergüenza decir que nací en una aldea o pueblo, o en una casa pobre, así como lo que conocemos de Jesús en Belén.

Durante estos años he visto y me alegra que entre muchos, hay siempre una tendencia a superarse, eso está bien, pero no debemos olvidar ni renegar de lo que hemos sido, porque por naturaleza somos hijos de Dios. A veces, cuando nos encontramos en diversos encuentros de fraternidad, y surgen las dinámicas de integración, algunos no quieren narrar su historia personal, porque quizás no han sanado raíces, no han superado esquemas de su verdadera identidad; es decir, no quieren entrar en su museo de la historia.

Hoy, nos preguntamos, los unos a los otros, ¿cuántos años de formación y de vida religiosa tenemos en la Orden?, ¿qué ha pasado entre nosotros?, a veces nos hemos cerrado al diálogo con los demás, por temor, dudas y por no caer en ridículo de lo que hemos sido o vivido anteriormente. En varias ocasiones, me he cuestionado, por qué tenemos que ocultar nuestras experiencias vitales, aquellas que nos han permitido vivir como la gente sencilla del evangelio, fíjense la gente que se acercó a Jesús, quienes lo acompañaban, quienes fueron los llamados, y quienes lo siguieron. Si nos miramos al espejo, ¡somos muchos de nosotros!.

“Pisar tierra”, es necesario hoy para revisar nuestra consagración mercedaria, nos preguntamos: ¿hacia dónde vamos? ¿el cristianismo hacia dónde va?, ¿la Vida religiosa tiene futuro?, ¿qué significa la nueva evangelización?, ¿qué deseamos ser en el futuro?[1]. Religiosos, conventuales, msioneros, frailes, hermanos, compasivos y misericordiosos, entregados totalmente a la pastoral, personas orantes o sin oración; en fin…, sin querer cansarlos con las interrogantes, debemos delinear nuestra vida religiosa hacia una confluencia de proyectos personales y comunitarios que ayuden a graficar nuestra fraternidad.

Es verdad, el mundo vive resquebrajado y eso también se ha infiltrado en la casa religiosa, y experimentamos que en algunas comunidades se encuentran dificultades; sin embargo, sabemos que con capacidad de discernimiento personal y comunitario podemos vivir superando cada una de ellas, con diálogo, amistad generosa, con sinceridad y con alegría de saber que somos partícipes de un mismo ideal.


[1] Sobre esta mirada del acontecer religioso se puede ver a: José Comblin, Las interrogantes de la Vida Religiosa en el siglo XXI, en Diakonía 112 (2004) 4-33. El autor decía: «El problema no es la vida religiosa. El problema es el amor, la caridad” (p. 32); “la Vida consagrada debe ser el lenguaje de la caridad” (Pasquale Luca, Il Sínodo dei Vescovi sulla Vita Consacrata, en La Civiltà Cattolica 144/4 (1993) 370-379).

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